lunes, 29 de mayo de 2017

LOVE is in the TAC



Es tan raro disfrutar de una noche de 20º en Valladolid como encontrar el amor a través de un viaje sonoro. Ése era mi pensamiento el sábado, cuando caminaba hacia la Casa Museo de Zorrilla a ver Love, el nuevo espectáculo que había preparado José Luis Gutiérrez para el TAC. Como ya he comentado otras veces, hay espectáculos que se disfrutan más allá del momento de su escenificación, y yo ya estaba disfrutando de Love cuando paseaba por las estrechas calles que pisó Zorrilla hace exactamente 200 años.


José Luis Gutiérrez con su saxo
Me cambiaron la entrada por una ramita de romero y me senté bajo una morera en flor que derrochaba aroma y además hizo que yo fuera la única espectadora que no se mojó cuando el cielo se quebró en mitad de la función. Lo que mi vista y mi oído percibieron a continuación, matizado por el perfume de la morera y el frescor in crescendo de la noche pucelana, fue un conjunto de estímulos que bien se podía haber llamado Deconstrucción musical sobre el sentido de la vida, pero se llamó Love, porque según Gutiérrez, si no es por amor, nada merece la pena.

El amor nos somete y libera, nos zarandea o nos mece como un mar embravecido o pacífico, nos devora, nos transforma, a veces arranca en nosotros sonidos estridentes, entra por el corazón y se expande a todo nuestro cuerpo, nos conecta con los cuatro elementos de la naturaleza. Todo eso vivimos el sábado los espectadores de Love mientras comprobábamos una vez más que José Luis Gutiérrez está hecho de música, y por eso no necesita instrumentos para hacer vibrar a su público. 
 
Gutiérrez se presentó ante nosotros encadenado e iniciamos con él su exploración sonora propuesta a través del aire. El espacio escénico se convirtió en un espacio opresor y los movimientos de liberación desencadenaron un torrente de sonidos que convertían en instrumentos los objetos más inesperados, aunando la percusión con la fricción o el deslizamiento, todo ello combinado con los sonidos guturales emitidos por el propio Gutiérrez. 


Con serpientes de mar metálicas
Todos nos sentimos mejor tras esa liberación y al poco nos sorprendió el mar: sonidos acuáticos, borboteantes, el saxofón transformado en barco de vela, navegando por el escenario, serpientes de mar sorprendentemente metálicas que se enlazaron en un ritual de apareamiento o lucha, una caracola silbando, negándose a desvelar el misterio de la proporción aúrea oculto en su interior.

Tras el agua, vino la tierra. Castilla construida a golpe de cayado, las raíces de nuestro folclore musical en el pastoreo, el sonido de un instrumento creado y nacido ante nuestros ojos rompiendo desafiante el silencio de la meseta castellana. Love termina en el fuego, en el galopante corazón de José Luis Gutiérrez, tras demostrarnos que el amor es capaz de convertir una pared de ladrillo en un conjunto sonoro y este conjunto sonoro en la torre Eiffel, porque con amor, siempre vemos La Vie En Rose.
 
Este viaje sonoro por los cuatro elementos es mi personal interpretación de un espectáculo tan especial y único como su creador. Estoy segura de que cada espectador trazó su propio recorrido para llegar a París. Sé que Gutiérrez está hecho de música porque le di al final dos besos que sonaron como dos soles.

Castilla a golpe de cayado

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