sábado, 6 de mayo de 2017

El mar en la meseta

-Ten cuidado con el coche, estamos en alerta amarilla por viento.
-Sí, pero son Vientos de mar.

Mi marido me miró con cara de extrañeza mientras subía en mi coche a tres marineros, porque ayer Higiénico Papel barría con sus Vientos de mar la temporada de Teatro para Bebés del Desván del Calderón, y llevaba más acompañantes de lo habitual. 

Pablo y Carlos Dávila bajo la sombrilla
Este espectáculo me gustó desde el principio, desde que Carlos Dávila nos llevó a la playa cubriendo de arena el escenario, ya no pude parar de sonreír. Vientos de mar crea un espacio lúdico en el que el espectador se sitúa aunque no esté dentro del escenario, que ganas no le faltan (¡menuda tentación!). A través de un filtro azul predominante en la iluminación de Alberto Ortiz, la complicidad y la ternura son las bases de un argumento sin palabras, contado con la danza y amenizado por una preciosa banda sonora que combinaba temas de Umberto Scipione, Jorge Grundman y George Delerue cuidadosamente seleccionados e interpretados (el violín que hacía brincar a Pablo Dávila sobre la arena era el de Ara Malikian, nada menos).

A punto de sumergirse
Vientos de mar parte de una idea cantábrica de Laura Iglesia, directora de Higiénico Papel y gijonense, pero es coreografiada a orillas de la Alhambra por Omar Meza, y se demuestra lo que dije la semana pasada, que dentro de Omar hay mil mares. Ver Vientos de mar es recorrer la playa con la mirada de un niño, porque sin palabras hemos vivido todo lo que cualquier niño haría en un día de playa, pero es mucho más que eso. Vientos de mar plasma a través de la danza y la música cómo se relacionan los niños con su entorno, cómo se llegan a convertir el universo y la naturaleza en una sala de juegos gigante, y es un homenaje a la figura del padre como facilitador de descubrimientos en ese universo lúdico. Carlos Dávila es este facilitador, aglutina en su mímica y en sus movimientos toda la ternura del amor paterno-filial, y además, es divertido.

Los niños necesitan explorar para descubrir el mundo, pero el mundo que se ofrece a los niños de hoy, les da pocas posibilidades de ejercer esa exploración (no corras, que te vas a caer, cuidado, viene un coche, date prisa, llegamos tarde...). Vientos de mar es para los bebés y espectadores de la primera infancia un espacio escénico seguro en el que disfrutar sin peligros ni limitaciones de lo que esas ansias de descubrir les piden. Pablo no se limita a interpretar una coreografía, Pablo es cada espectador, y esto se comprueba no sólo por la atención mantenida durante cuarenta minutos que los pequeños le regalan, sino por la invasión que hacen éstos del escenario cuando termina la obra, como si cuando para la música, subiera la marea, todos quieren comprobar con sus manitas que realmente el mar ha estado ahí.

Con Carlos y Pablo Dávila

Jugar al escondite, pescar, revolcarse en la arena, montar en barco, jugar con las olas, tomar el sol sin más preocupación que la de observar la acción del viento sobre la arena, todo eso vivimos ayer mientras deseábamos con todas nuestras fuerzas que llegara ya el verano. Vientos de mar tiene una utilería muy variada que sirve para etiquetar cada momento del argumento, porque hay espectadores que necesitan etiquetas, pero yo invito a todos los que vayan a partir de ahora a dejarse llevar por la coreografía y la música, más allá de lo puramente anecdótico del argumento, a soñar sin cerrar los ojos, porque Higiénico Papel ha demostrado que es capaz de invocar al mismísimo mar en la meseta castellana.


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