viernes, 21 de abril de 2017

Me confieso lunática

El domingo de Ramos, mi hija pequeña y yo nos enfrentamos a una serie de contradicciones: elegimos teatro a pesar de que la primavera nos asaltaba en cada esquina, en cada recoveco, reclamándonos más atención y una dosis de aire libre, elegimos Paraíso, pero nos sentamos en segunda fila, elegimos teatro pero fuimos a Lunaticus Circus. Mientras entrábamos en el LAVA ella me preguntaba:

-¿Es circo o teatro?
-Yo creo que es circo dentro del teatro.
-Será un circo muy pequeño.
-Tu cabeza es pequeña y caben sueños grandes...

No se lo dije a mi hija para no condicionarla, pero en esta ocasión yo había visto en la web del LAVA que este montaje tenía el premio FETEN 2016 a la escenografía y eso me había predispuesto negativamente, porque a veces cuando la escenografía es tan buena como la de Ikerne Giménez, el espacio escénico cuenta la historia, quedando fuera de juego el trabajo actoral e incluso el texto. Pronto esa estúpida predisposición negativa cayó en picado, mientras me sumergía con mi hija en la divertidísima ternura de Lunaticus Circus.

Improvisando un número

La primera imagen de Lunaticus Circus no pudo ser más destartalada: imaginaos una caravana viejísima, abandonada, llena de rendijas por donde se cuela el viento. Si dentro pusiéramos un foco, a través de estas rendijas se verían rayos de luz. Ikerne Giménez puso dentro el ingenio de Teatro Paraíso (Ramón Molins y Tomás Fernández Alonso) y salieron por las rendijas elementos poéticos. Lunaticus Circus es una oda poética al sentimiento más puramente humano (la necesidad de compartir) cantada por tres perros.

Compartiendo mantas bajo la nieve
Como en los circos de fuera del teatro, en Lunaticus Circus el tiempo pasó volando, porque al ritmo de una preciosa selección musical escogida muy acertadamente por Ramón Molins y Pilar López, la historia nos atrapó en la red de Ikerne, que como una araña tejió el galardoneado espacio escénico a la perfección, hasta en los detalles más inesperados y sorprendentes, monstruo incluido. No sé si se podría contar la historia sin esta escenografía tan perfeccionista, tan poética, tan evocadora, tan pulcra, tan exquisita en detalles, tan sonora en sí, más allá del espacio sonoro. Lo que sí sé, es que no es ella quien cuenta la historia. Esta escenografía es un guante de tres dedos: Tomás Fernández (el ingenio), Ramón Monje (la ingenuidad) y Mikel Ibáñez (la imaginación).

La forma en que estos tres actores enriquecen con su trabajo el texto dentro del espacio escénico hace que todo parezca mucho más rápido, casi que el espectador lamente verlo sólo una vez (yo estoy deseando repetir). La ternura, la torpeza, la creatividad y la ironía se combinan para provocar sonrisas y carcajadas durante los sesenta minutos que dura la representación. Estos tres dedos nos van enseñando, primero su mundo, a través de la risa, en un comienzo mímico, casi sin texto, con una coreografía calzada a una música circense. Poco a poco, los dedos nos señalan a nosotros mismos, porque cada rincón de la caravana de Lunaticus Circus es un mensaje de vida: comparte, diviértete, sueña, improvisa locuras porque a veces salen bien, regala abrazos, sonríe, disfruta de lo que haces...Sé que estábamos en el teatro porque nos reíamos, pero también sé que estábamos atrapadas en la tela de araña porque no nos queríamos ir cuando se terminó.

Con Ramón Monje, Mikel Ibáñez y Tomás Fernández
Los que seguís este blog sabéis que siempre trato de destacar lo más positivo de cada espectáculo, pero pocas veces digo esta frase: me ha gustado todo de Lunaticus Circus. Me ha encantado el vesturario, la utilería (llena de elementos sorpresa, como el patito de goma), la iluminación....Si el teatro es una religión, yo quiero estar en el Paraíso. A partir de hoy, me confieso lunática.


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