lunes, 20 de marzo de 2017

Semillas musicales

Hoy empieza la primavera, pero mis hijos pequeños y yo viajamos el sábado por las cuatro estaciones de la mano del virtuoso Quinteto Respira en el Auditorio Miguel Delibes con su nuevo espectáculo: El jardín musical, producido conjuntamente con Teloncillo Teatro. Cuando se unen el buen hacer con la mejor música y además se mima la dramaturgia, el espectador adulto sólo lamenta no poder cerrar los ojos, que es lo que inicialmente pide el Canon de Pachelbel, porque la belleza de la coreografía y la escenografía no se lo merecen.

El jardín musical es un viaje a la vida y como tal, empieza en un ambiente en penumbra, casi uterino. Los espectadores contemplan con curiosidad un escenario aparentemente vacío en el que cuatro árboles ideados por Juan Carlos Pastor nos hacen un recorrido por las cuatro estaciones. Poco a poco llega hasta sus oídos el sonido de los distintos instrumentos, por separado, adaggio, porque las cosas más bellas, como la vida o el amor, germinan despacio. Los instrumentos se presentan de este modo a un público estimado a partir de tres años. La mayoría de los niños de tres años no saben lo que es un oboe o un fagot, pero a todos les encanta cuando pasan a su lado, y a muchos no se les va a olvidar, al menos durante un tiempo.

Después de este primer contacto, viajando a través del público, los músicos del quinteto llegan a escena y descubrimos que el escenario no estaba vacío: Silvia Pérez Báscones es la bailarina que materializará las fantasías musicales de los espectadores en este jardín. Su coreografía cuenta la historia de tres semillas que parten con el viento del otoño y, tras soportar los rigores de las tormentas invernales (en los que Saint Saéns tiene mucho que ver), germinan en primavera bajo los auspicios de  Rossini y Beethoven. A partir de este sencillo argumento, El jardín musical es rico en detalles y sencillo en la forma en que se entrega a su público. Silvia dirige este viaje a la vida, acaparando las miradas del público, mientras los niños se familiarizan casi sin notarlo con la dulzura del fagot (Vicente Moros), el encanto de la flauta dulce (Katrina Penman), la tierna sonoridad del oboe o el corno inglés (Lola Díez), el romántico lamento del clarinete (Eduardo Alfageme) o la indispensable contundencia de la trompa (Doris Gálvez).

No sé qué me ha gustado más de este espectáculo: la selección musical de Katrina Penman es inmejorable, llena de temas conocidos que los niños pueden tararear en casa y serán identificados por sus padres. Ana Gallego y Ángel Sánchez aportan su experiencia en espectáculos para bebés en la dramaturgia y dirección de escena respectivamente. Todo es dulzura y ternura, a pesar de que hay tormentas, porque nacer siempre conlleva cierta incertidumbre: los colores del escenario, la iluminación, la versátil utilería de Eva Brizuela e Israel Robledo que nos transporta sin palabras de una estación a otra, la coreografía tan divertida como infantil.


El jardín musical es un reto a las capacidades receptivas de su público. Es imposible captar todos los detalles y aguantarse las ganas de bailar. Unos niños se habrán quedado con el Canon, otros con las hojas de otoño y el viaje en cometa que hacen las semillas, otros con la interacción con Silvia o los momentos de percusión corporal con el quinteto, algunos se habrán fijado en el fagot y otros en la trompa, pero en todos ellos, se ha sembrado una semilla musical que florecerá en futuras primaveras.

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