viernes, 17 de marzo de 2017

Los pájaros bailan Prokófiev

Una historia se puede contar con palabras, con gestos, con música, con imágenes o con todo esto a la vez, y de eso tratan, en parte, las artes escénicas. El domingo Tim Plegge traspasó esa barrera con su Cenicienta, del Hessiches Staatsballet en el teatro Calderón, donde el lenguaje de los cuerpos enlazados a través de la danza (con mayúsculas) silenció a todos los demás hasta tal punto que, en ciertos momentos, dejé de escuchar a Prokófiev y sólo escuché su coreografía. Nunca me había ocurrido.

Ezra Houben rebelándose contra su destino
Cuando se levantó el telón, nos enfrentamos a una escenografía árida, gris, inquietante como la bandada de pájaros negros o la música de Jórg Gollasch, que constituyó un magnífico complemento a Prokófiev. Nunca he visto una escenografía tan al servicio de la dramaturgia en ballet como la de Sebastian Hannak, que desde su aparente sencillez, llega a hacerse imprescindible para la historia, cuando lo habitual es ver escenografías pretenciosas y exuberantes que se tornan invisibles tras los primeros minutos. Esta sencillez de la escenografía se transmite a la iluminación, que también me encantó.

Los pájaros fueron la compañía de Ezra Houben desde el primer momento y nos dieron una idea de lo que nos quedaba por ver: inspirado en la versión de Whilhelm Grimm, nos enfrentábamos a una coreografía que nos obligaba a realizar el mismo viaje catártico que a su protagonista, es decir, a enfrentarnos a nuestros fantasmas, a destronar ideales ficticios, para llegar a sentirnos bien con nosotros mismos. Ezra Houben nos introdujo en la historia de mano de los magníficos pájaros, pero eso sólo había sido el principio: poco a poco la fuerza expresiva de este elenco encabezado por ella invadió el escenario y ya no vi nada más que danza.


Las hermanas disputándose al príncipe

En justicia tengo que decir que la dramaturgia me gustó bastante. Esther Dressen-Schaback exprime muy bien el trabajo de escenografía de Hannak y versiona de una forma muy original el cuento, convirtiendo al príncipe en aspirante a astronauta y al cartero real en avión de papel. La obra está salpicada de pequeñas escenas llenas de dramatismo y de una enorme intensidad emocional, como la de la primera cena en familia con la madrastra y las nuevas hermanas. 

Tim Plegge me ha conquistado para siempre. Su coreografía me ha hecho volar del anfiteatro al escenario, olvidarlo todo, sentir la historia, incluidas las emociones más desagradables. Transmitir cosas hermosas con el ballet, es fácil, porque el ballet es hermoso en sí, pero transmitir la envidia (Seraphine Detscher, Stellina Nadine Jonot), el odio (Ludmila Komkova, una de mis favoritas), la decepción o la lucha interior (James Nix) desde la coreografía, da un matiz humano a la historia que la acerca al espectador y éste la hace suya. Me he estremecido con la soledad de Cenicienta, pero también siento que he bailado como si no hubiera un mañana.


Ludmila Komkova fotografiada por Regina Brocke

Acudí al ballet con mis dos hijas con ciertas reticencias respecto a la pequeña (7 años). Es ballet sin tutús, le dije, pero como conoces el cuento lo entenderás todo. Y así fue, prácticamente no hubo preguntas durante las dos horas de representación, aunque en el descanso hubo mucha conversación: alucinante, miedo, divertido, ballet, fueron las palabras más repetidas en ese intervalo en el que no nos movimos de nuestro sitio esperando con ansias el final del descanso. Gracias Plegge, por entregarnos toda la magia de este cuento sin ser Disney, gracias por hacer que los pájaros bailen Prokófiev.


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