jueves, 2 de febrero de 2017

Tus miedos en escena

El domingo por la noche tuve que enfrentarme a mis miedos y no desde la intimidad como suele hacerse, sino dejando que salieran y se pasearan delante de mí sobre un escenario. Mi hija mayor y yo fuimos al LAVA a ver Horror, un montaje del director sueco Jakop Ahlbom no recomendable para cardiópatas. Reconozco que mi miedo principal era que no me gustara, y ahora os puedo decir que ése fue el único al que no me tuve que enfrentar.

Ahlbom pretende hacer en su espectáculo un homenaje a los grandes directores de cine de terror, tales como Hitchcock, Carpenter o Kubrick, y como el terror psicológico no es lineal ni unidireccional, sino global y envolvente, nos presenta un espectáculo que aúna danza, teatro, música, efectos audiovisuales y algo de circo contemporáneo, no sólo por la extraordinaria capacidad de sus actores para transmitir con mímica y expresión corporal una dramaturgia bastante sofisticada (flashbacks incluidos), sino porque nada más apagarse la luz, los espectadores comprendimos que, como bajo la carpa de un circo, allí todo lo impensable era posible.


Horror es distinto a todo lo que yo había visto hasta ahora: un espectáculo tremendamente sofisticado, sin texto, que viaja por toda Europa llenando los teatros con un público muy variado (mayoritariamente joven), con una música inquietante a un nivel que roza lo desagradable por estridente y por su nivel de decibelios, con un argumento que evoca las emociones más repudiadas por la sociedad en general, ésas llamadas "negativas": el asco, la tristeza, el miedo, la ira...y sin embargo, me hizo sentir bien al terminar, en primer lugar, porque necesitaba salir a la calle y ver que podía todo seguía siendo "normal", y en segundo, porque pensé que Horror era la demostración fehaciente de que sobrevaloramos los efectos especiales del cine y que, aunque la cuarta guerra mundial se combata con palos y piedras como dijo Einstein, el teatro siempre podrá hacernos soñar o temblar.

No he tenido el placer de conocer a Ahlbom, pero estoy segura de que es un hombre inteligente, hiperactivo y bastante barroco, cualidades todas ellas estupendas para un director. Me lo imagino dando las directrices sobre una escena y maquinando en su mente la siguiente, mientras decide que va a modificar ciertos detalles del espacio escénico, todo a la vez. Horror está muy bien dirigida y es imposible imaginar que su mensaje llegue al público si no fuera así, porque se distribuye caóticamente por un espacio dividido en tres escenarios y todo ocurre tan vertiginosamente que sólo el miedo es capaz de mantener la atención del espectador durante los 80 minutos que dura la representación.

Como en las buenas películas de terror, en Horror es difícil decir qué da más miedo, si el argumento o la forma de contarlo. Me han gustado mucho los recovecos del espacio escénico, que era como un cerebro, ya que había en él sinuosidades y conexiones inesperadas entre los distintos espacios. El maquillaje y la iluminación, soberbios. La coreografía convertía en natural lo sobrenatural. El trabajo de los actores era un desafío a la oralidad en pro de la expresión corporal: la escena en que Yannick Greweldinger es atacado por su propia mano me perseguirá en mis sueños durante mucho tiempo. A veces está bien no sentirse tan cómoda en la butaca del teatro.


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