sábado, 25 de febrero de 2017

Tan cerca como la luna

El teatro a veces se enfrenta a temas que a la sociedad le hacen volver la cara, anoche fue una de esas veces, vi con mi hija mayor El pequeño poni, de Producciones Faraute, en el Teatro Zorrilla, y me avergüenza decir que, estando en primera fila, yo misma tuve que apartar la mirada varias veces. Paco Bezerra es el autor del texto que trata sobre el acoso escolar sin necesidad de hacer para ello una obra coral, desgranando todos los temas relacionados en dos personajes: los padres. El miedo, la culpabilidad, la soledad, la rabia, la ira, la compasión, la venganza y el amor, todos ellos caben en hora y media en un espacio escénico muy bien amortizado por Roberto Enríquez y María Adánez.

María Adánez y Roberto Enríquez en un salón Luna
Cuando entramos al teatro, nos enfrentamos a una escenografía fea, árida y fría, como un cráter de la luna, aunque con apariencia de salón. Pronto nos daremos cuenta de que ese salón diseñado por Mónica Boromello, en realidad es una cueva en la que Roberto y María se enfrentan a sus miedos y al cambio que producen los acontecimientos en sus propias personas. El trabajo actoral me gustó, pero mucho más me gustó la interacción, fruto sin duda de una magnífica y cuidada dirección a cargo de Luis Luque. Entre los dos actores y el director consiguen llevar a escena un texto complicadísimo sin fisuras, enriqueciéndolo en cada diálogo, en cada desencuentro, en los gestos de desesperación por no poder llegar al otro, en la sorpresa porque el otro no está donde esperabas, en la negación de la realidad, en el amor a pesar de la tragedia, en la búsqueda de armas comunes para luchar contra un enemigo también común. Oscuros en los que no llegan a salir de la escena, pero cambian de registro porque han sobrevenido nuevos acontecimientos, dentro de una narración vertiginosa, llena de sorpresas.

El pequeño poni surge según Bezerra de un par de noticias que el autor leyó hace unos años sobre casos de acoso escolar en EEUU. De hecho, en el dossier que nos ofrecieron a la entrada, se dedica la obra a Michael Morones y Grason Bruce, dos niños estadounidenses que sufrieron casos graves de acoso escolar justificado por sus respectivos centros escolares porque llevaban sendas mochilas de My little pony, una popular serie de dibujos animados que le encanta a mi hija pequeña y que, según los responsables de dichos centros, fue detonante del acoso. Para la sociedad siempre es muy cómodo criminalizar a la víctima, encontrar una justificación del horror, y sobre todo poder decir menos mal que no le pasa a mi niño, frase muy frecuente en padres que desconocen el rol de sus hijos en estas situaciones, porque, si no eres víctima, ¿qué eres?

La mochila desolada en el espacio escénico
El pequeño poni me ha parecido un grito a la libertad por encima de todo, desesperado, pero un grito. A la exigencia moral que tiene esta sociedad de defender la expresión individual por encima de la mayoritaria, de poder educar a nuestros hijos en el ejercicio de su libertad, sin aplastar al otro, pero sin aminorarse. El pequeño poni saca a escena todos los miedos que a cualquier padre le asaltan desde que su hijo sale de casa con una mochila a la espalda por primera vez, y para eso no sólo se apoya en el trabajo de dos actores magníficos, sino en una maravillosa videoescena a cargo de Álvaro Luna, cómo no (me he declarado tantas veces enamorada de su trabajo que hasta me ruborizo al mencionarlo). Álvaro Luna nos lleva al universo que hay dentro de un niño de nueve años, nos enseña los roles implicados en el acoso escolar, nos muestra la fantasía como un lugar de refugio y nos acompaña durante toda la obra tratando el tema con una sensibilidad y una calidez únicas. 

María Adánez y Roberto Enríquez
Lo que vi anoche fue un conjunto de aciertos: un texto impactante, desolador y esperanzador a un tiempo, un trabajo actoral grande, generoso, en el que cada actor enriquecía el trabajo del otro, una dirección perfeccionista, con precisión de cirujano, una escenografía que contribuye al malestar que se genera y una videoescena envolvente. Noches como la de ayer son detonantes de mi problema confeso de espectadora reincidente. Sin ver a Luismi lo hemos querido, lo hemos compadecido, nos hemos indignado, hemos enfurecido de rabia y temblado de temor, nos hemos avergonzado de su humillación. El pequeño poni nos expone una realidad aterradora: a veces creemos controlar todos los factores de una situación sólo porque nos es familiar, como nuestro satélite, que aunque nos parece tan cercano, está a 384.400 km. A veces puede ocurrir como en los dibujos de Luismi, que la realidad que viven nuestros hijos está tan cerca como la luna.



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