lunes, 6 de febrero de 2017

El teatro es nuestro nido

A efectos escénicos, Teloncillo es para nosotros nuestra casa del árbol, ese sitio secreto al que acudimos con fruición a sabiendas de que en él vamos a estar seguros y a salvo de las tormentas (o que si sobreviene una tormenta, surgirá un paraguas de telaraña que nos librará de sus inclemencias). Por eso, esta mañana, mi hijo pequeño y yo íbamos al Desván del Calderón a ver Nidos con la ilusión de un niño que estrena zapatos, a pesar de que era la tercera vez que lo veíamos, y que un viento de 45 km/h intentó hacernos volar en varias ocasiones por el camino.

Nidos es un espectáculo fetén por dos razones: por su alta calidad y porque fue galardonada en 2014 con el Premio al mejor espectáculo para la primera infancia en FETEN, y eso sólo fue el principio de una serie de reconocimientos. Ideado por Ana Gallego y Ángel Sánchez, denota un alto conocimiento de las necesidades del público al que va dirigido, ése que aún está por salir del nido (de 6 meses a 5 años). Ana y Ángel tienen intacta esa capacidad de la pupila que te permite ver el mundo como lo ve un niño de dos o tres años y que la mayoría de los adultos hemos perdido. Como un meteorólogo predijo los vientos huracanados de esta mañana, ellos son capaces de predecir las sonrisas, las carcajadas, las ganas de cantar, la sorpresa o los saltos ante determinados estímulos, y usan ese don con la precisión con la que el picapinos escoge sus árboles, he sido testigo de esto en muchas ocasiones.

Con Ana Gallego y Ángel Sánchez
La semana pasada vimos Caperucita. Lo que nunca se contó..., espectáculo también fetén, aún no condecorado porque se acaba de estrenar, por lo que nos queda la sensación de que últimamente nos encontramos con Teloncillo siempre en un bosque. La escenografía de Nidos es asombrosamente sencilla y versátil, diseñada por Isidro Alonso y cocinada por las habilidosas manos de Eva Brizuela e Israel Robledo nos da sensación de bosque aunque consista en un sólo árbol. En este árbol hemos visto anidar pájaros de todo tipo, nos hemos refugiado de una tormenta y hasta nos hemos encontrado una culebra, que no nos ha dado miedo porque ha salido de una canción. Y como el nido es un espacio de protección, toda la escenografía es cálida y la iluminación contribuye a esta sensación de amparo y ternura.

Nidos es un espectáculo pensado para bebés y por tanto tiene muy poco texto y mucha expresión corporal brillantemente gestionada por Ana Gallego, que busca continuamente la complicidad de espectador. Esto hace que cada función sea única y cada niño tenga una única visión de la misma. Hemos anidado con todos los sentidos en este espacio sinestésico: hemos bailado, cantado, nos han acariciado las plumas de diversas aves, hemos presenciado el nacimiento de pollitos tan similares a nosotros que algunos tenían incluso nuestros nombres, nos han recitado un poema de Gloria Fuertes, nos ha llovido hierba recién cortada, la cigüeña nos ha picoteado pero en compensación nos han regalado un pájaro-avión a la salida.


Uno de nuestros discos favoritos
Lo que más me gusta de Nidos es su espacio sonoro: todos los sonidos del bosque cobran significado y acaba siendo como si el bosque nos cantara una nana, percibido con mis sentidos de adulto. Para un bebé, Nidos comienza siendo una sucesión de sorpresas sonoras divertidísimas que llega a su máximo apogeo con un concierto de percusión corporal y guitarra orquestado por Ángel, Ana y todos nosotros. Las canciones son divertidas, cortas, pegadizas y algunas huelen a Olas, porque suenan con conchas y caracoles de mar. Os recomiendo el disco, yo hace años que lo tengo y lo solemos poner a la hora del baño, que es nuestro momento lúdico favorito. Vuelvo a decir que la música en directo es un sello que acompaña a los espectáculos infantiles que apuestan por la calidad. En la última canción nos repartieron instrumentos para acompañarlos, cosa que hicimos mientras deseábamos en secreto por favor, que no sea la última.

Los bebés que ven Nidos aprenden palabras nuevas (carraca, madroños) a escuchar, a seguir un ritmo, a relacionar causalmente determinados estímulos (un huevo y un pollito, una regadera y un sonido de agua), todo ello con la espontaneidad que tienen las enseñanzas primeras, en un ambiente cálido y acogedor. Mi hijo pequeño tiene tres años y es la tercera vez que vemos este espectáculo, y como cada día nos gusta más, no sabemos si hemos crecido con él o él ha crecido formando parte de nosotros. Mientras Teloncillo siga en el Desván, seguiremos sin querer salir del nido.




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