lunes, 16 de enero de 2017

En el corral de María Parrato

Hoy mi casa ha parecido más que nunca un gallinero, porque llevamos todo el día hablando de gallinas, o mejor dicho, de Gallinas y madalenas, el espectáculo de Títeres de María Parrato que íbamos a ver por la tarde en el Teatro Calderón. El título era muy sugerente y abría todos los frentes de debate: mamá, ¿ las gallinas vuelan?, mamá, ¿las gallinas cocinan?, mamá, ¿las gallinas comen magdalenas?. Intrigadísimos llegamos al teatro y nos encontramos allí una escenografía bastante sofisticada a pesar de lo rústica: toda una cocina artesanal con varias alturas y recovecos para contar historias, porque en las cocinas cada rincón tiene su propia historia, y hasta un horno eléctrico, que resultó no ser de juguete.


Gallinas y madalenas tiene todos los ingredientes escénicos para encandilar a su público: humor, ternura, personajes animados, canciones y dichos populares, sorpresas, historias entrelazadas, adivinanzas y mucha, mucha dulzura. Se advierte que puede contener trazas de fábulas y personajes mitológicos de color verde. María José Frías, recientemente galardonada con el Premio Nacional de Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud, y Mauricio Zabaleta, calzados con sendos delantales por todo vestuario, nos han llevado de la cocina al corral, al patio, a la aldea, a la granja, a la plaza del pueblo y a tantos sitios que muchos adultos tenemos como escenarios de nuestra infancia y pocos niños conocen más allá de las vacaciones con los abuelos.

Los protagonistas de Gallinas y madalenas son Max y Tere, dos cocineros más o menos improvisados que se reencuentran tras años sin verse y emprenden la elaboración de unas magdalenas. Esta receta tradicional es la excusa para enfrentar a dos personajes opuestos: ella, la alegría, el juego y la espontaneidad, él, la seriedad y el deber. Mientras cocinan, surgen de entre sus manos nuevos personajes con historias perfectamente hilvanadas, sustentadas en un texto sencillo, sonoro, reiterativo, que capta a los espectadores más pequeños entre carcajada y carcajada. El espacio sonoro se puebla de onomatopeyas y canciones populares, y la receta va progresando a pesar de la tremenda dificultad que yo encuentro en equilibrar y mezclar ingredientes a la vez que se cuenta la historia con total naturalidad. Ni Stanislavski ni nada, si eres capaz de batir huevos, declamar y despertar emociones en un público de 3 a 99 años, ya puedes con todo.

Mientras se calienta el horno y reposa la masa, de las manos de María José Frías y Mauricio Zabaleta vemos surgir varios personajes que cuentan las historias secundarias. Estos personajes están formados por elementos propios de la cocina (guantes, una aceitera, paños, una pinza...), por lo que en ningún momento se abandona el escenario principal, la cotidianeidad y calidez de la cocina, pero al mismo tiempo nos llevan a espacios escénicos diversos (el corral, la madriguera de la zorra, el prado), universos concéntricos que son invadidos al final de la obra por un intenso olor a magdalenas recién hechas. 


Con Mauricio Zabaleta y Mª José Frías en la cocina
Gallinas y madalenas tiene un final muy dulce, no sólo porque el basilisco no fulmina a nadie con su mirada, sino porque además, Max y Tere invitan a magdalenas recién hechas a todos los niños que se acercan al escenario, entre ellos, mis hijos. Mi hija me ofreció un trozo de magdalena y me lo comí con pena, como si devorase parte del acto creativo que había presenciado. Títeres de María Parrato nos ha llevado a su casa, hemos entrado por la cocina y hemos llegado hasta el corral, tan cercanos los hemos sentido que hemos intuido desde el principio que esas magdalenas, ese acto creativo, eran exclusivamente para nosotros, y así los hemos disfrutado. El año pasado ya vimos Ping, el pájaro que no sabía volar, y nos encantó, así que entiendo que esta compañía tiene la receta para enamorar al público infantil envolviendo en títeres toda esa poesía que llevan dentro y vertiéndola sobre un escenario. 



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