lunes, 12 de diciembre de 2016

Carmina gitana

Que Dios me perdone, pero cuando leí que en el Teatro Zorrilla iban a representar Carmina Burana, en lo último que pensé fue en flamenco, y cuando mis ojos siguieron leyendo y vi Ballet Flamenco de Madrid, me resultó tan paradójico como pensar en Lola Flores bailando Adeste fideles. Razón de más para ir a verlos, pensé, pero por si acaso, voy a ver el vídeo promocional en YouTube, que no está el bolsillo para hacer experimentos escénicos. 

Pocos minutos después, estaba poniéndole el vídeo a mi amiga Paqui (gaditana también y aficcionada al flamenco, como yo) sin sonido, y preguntándole qué música pensaba ella que sustentaba esa coreografía. Pasadas unas diez respuestas, ninguna hablaba de un códice medieval transformado en cantata escénica a principios del siglo pasado por Carl Orff, era de esperar. Compartir con Paqui mi experiencia en YouTube tuvo cierto puntito de crueldad, porque yo sabía que ella por compromisos familiares no podía venir, pero camino de la taquilla le envié el vídeo a mi amiga Pilar y me contestó enseguida: para mí compra tres.

Así que allí estábamos el viernes, en segunda fila, olvidándonos de los 2º de temperatura que había en la calle desde el segundo acorde, sumergidos en el medievo alemán y rezumando duende por los cuatro costados, por muy paradójico que pueda parecer. Para empezar, quiero que os quedéis con un nombre: Luciano Ruiz, director, coreógrafo, responsable de la puesta en escena, del vesturario y el argumento y mago, sin ninguna duda, porque convertir Carmina Burana en un espectáculo coral de danza de alto nivel fundiendo dos culturas tan ambivalentes como la germánica y la flamenca es un acto de divinidad o hechicería, sin ninguna duda. Desde aquí le envío mis respetos y mi fidelidad incondicional a él y al Ballet Flamenco de Madrid de ahora en adelante. Su Carmina Burana ha sido el espectáculo de danza que más me ha gustado de los que he visto este año.

Obviamente Ruiz no estaba solo, orquestaba esta maravillosa coreografía junto a Iván Gallego y Francisco Guerrero, contaba con un elenco de bailaores impresionante y todo ello bajo la iluminación de Dan Tiberiu y Diego Pérezagua, que a mí particularmente me gustó mucho. LLevar un cuerpo de baile de 21 bailarines y cuatro solistas a un escenario no excesivamente grande como es el del Zorrilla constituye un desafío a la gravedad, a la física, a la coordinación y a la capacidad visual del espectador.

Carmina Burana se divide en 25 números que pasaron ante nuestros ojos vertiginosamente en poco más de 60 minutos. En ellos disfrutamos con la ejecución de los solistas, pero sobre todo con las coreografías de conjunto, en las que se nos mostró que el flamenco es la forma que tiene el alma de expresar a través de la danza sus estados, y sentimos en sus cuerpos la pasión, el miedo, el amor, la incertidumbre, la alegría, la esperanza, la nostalgia...todo ello envuelto en un vestuario infinito, exquisitamente elegido para cada escena, delicado y necesario a la vez. Mientras mi mente busca las palabras para describir lo que vimos el viernes, mi cerebro entona una y otra vez la melodía de Carl Orff, asociada indeleblemente a esas imágenes, como si el alemán la hubiera escrito en Jerez de la Frontera.

Los números de Carmina Burana se mezclan en mi recuerdo, de manera que me resulta difícil delimitar el comienzo de unos y otros, pero recuerdo con especial cariño la escena de amor entre Alexandra (Noelia Casas) y Peter (Francisco Guerrero), en la que enlazaban sus cuerpos en una entrega total y absoluta. También me gustaron mucho los números de la taberna y las danzas femeninas en el prado. Todo transcurrió muy rápido, Carmina Burana terminó y mientras aplaudía con tristeza, sólo pensaba en todo lo que me había perdido, y en que si hubiera ido a la sesión de las 19, aún podría haber comprado entradas para las 21:30, porque en una sola vez es imposible verlo todo. El telón seguía bajado y nadie salía a saludar, cuando de repente se escuchó algo y pensé: ¡Dios mío, si eso es un cajón!


Por culpa de la emoción, yo en ningún momento había leído la segunda parte del programa: Carmina Burana y Fiesta Flamenca. Eran el cajón de Rafael Jiménez, la flauta dulce de Moisés Pascua (una maravilla), la guitarra de Carlos Enrique Jiménez y la voz de Basilio González, y con ellos vino el duende al Teatro Zorrilla. No faltó nada en esta fiesta flamenca: grandiosos números de los solistas, un precioso número con bastones, el cuerpo de baile volviendo a hacer de las suyas con castañuelas, con abanicos, con todo. Cuando ya Francisco Guerrero nos había dejado sin aliento (y casi sin huellas dactilares de aplaudir), vino Vicky Duende con su taconeo más rápido que el ojo y nos remató. 

Esta segunda parte no era necesaria, porque ya estábamos rendidos con la primera, pero el conjunto de las dos ha demostrado sobradamente que el Ballet Flamenco de Madrid se puede atrever con todo,que cuando un árbol tiene una profunda raíz de conocimientos clásicos, cualquier injerto enriquece el sabor del fruto y lo mejora. Gracias a todos por hacer de nuestro flamenco vuestra bandera y por hacer la Carmina Burana más gitana y hermosa de la historia.




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