martes, 8 de noviembre de 2016

En la amígdala de Lorca

Hoy hemos penetrado en el absurdo del teatro irrepresentable de Lorca. El Teatro de la Abadía, a través de los ojos de Àlex Rigola, nos ha hecho bucear en el subconsciente lorquiano más surrealista y pretendidamente provocador de todos los tiempos. Si las amígdalas son una parte del cerebro que procesa el miedo, nuestro comportamiento sexual y nuestra respuesta emocional, se puede decir que hoy hemos estado en la amígdala de Lorca.

Nunca había visto nada dirigido por Rigola, pero recuerdo que cuando oí que había montado El público, pensé que era el director ideal, porque había leído varias entrevistas suyas y, si vive como habla, su vida es metateatro. Nada más entrar al Teatro Calderón me di cuenta de que Rigola había hecho los deberes: diversos paneles llenos de fotografías y citas nos sumergían en la época en que Lorca, alojado en Cuba en casa de los Loynaz, los escandalizaba con sus ideas transgresoras sobre la escena mientras se desahogaba epistolarmente con Dalí o con Martínez Nadal. Me alegré de haber llegado hoy pronto al teatro y estuve un buen rato merodeando por los paneles mientras escuchaba de fondo la música en la cabeza de Federico, que por cierto, me encantó.

La escenografía no podía ser más simple: una cortina fragmentada que reflejaba la luz en tantas maneras posibles como espectadores había en la sala y un suelo de arena para representar el teatro bajo la arena, ése que Federico decía que necesitaba la España de 1930, reprimida aunque supuestamente progresista. Con esta escenografía todo quedaba en manos del trabajo actoral, y éste no nos decepcionó.



A mí me gustó especialmente el Cuadro Segundo, con su diálogo absurdo e impetuoso que ejecutaron vertiginosamente Jaime Lorente  (Figura de Cascabeles) y Alejandro Jato (Figura de Pámpanos). Me encantó la coreografía del Pastor Bobo, a cargo de Laia Durán. Me enamoró la Julieta encarnada por la actriz todoterreno Irene Escolar, que sale de su sepulcro y se enfrenta a hombres y caballos, protagonista femenina en una obra de hombres, tan diferente a las otras mujeres de la obra de Lorca (ojalá Lorca hubiera vivido para crear más Julietas). Me impresionó la capacidad de los caballos (Nao Albet, Laia Durán, Óscar de la Fuente y Guillermo Weickert) para expresar con sus cuerpos brillantes y desnudos lo que la arena del teatro pretendía enterrar.


Preliminares de un desencuentro
Lo único que no me gustó del montaje fueron los caballos travestidos de conejo, y eso que me lo habían advertido antes de ir, que ya había tenido un encuentro en la entrada del teatro y que la simbología era de lo más pertinente. Seguramente se cumplió en mí lo que Lorca decía de esta obra, que iba a hacer desfilar en escena los dramas propios de cada espectador, y mi drama personal es que tengo una vecina que cada noche sale a tirar la basura con un pijama muy parecido a los conejos. En cuanto los vi, me descontextualicé y tardé un rato en volver a la escena. 

El subconsciente es caótico y El público es una obra caótica, donde los personajes se enfrentan y superponen sucesivamente, a veces dentro de la misma escena, los estereotipos se rompen y las caretas caen al suelo o acaban asfixiando a sus portadores. Lo que vimos ayer fue una representación cuidada, respetuosa y fiel al texto original,pero muy peculiar a su vez, porque si Romeo puede ser un grano de sal, ¿por qué no va a poder ser Laia Durán el Pastor Bobo?, si uno se puede enamorar de un cocodrilo, ¿por qué los caballos deben tener apariencia equina necesariamente? 


El público no es una obra que te haga sentir bien, ni tampoco mal. Como otras obras del surrealismo, tu percepción de ella cambia en función de tu estado emocional. Anoche me sentí incómoda. No sé si se cumpliría en mí la pretensión de Lorca de enfrentar a cada espectador a su drama personal, si el caos escénico que en ciertos momentos requiere esta representación alteró mi paz inicial o si sentí tristeza por pensar que el teatro no había avanzado al ritmo que Federico había predicho. En cuanto a Rigola, creo que su montaje supera la propia dicotomía planteada por el autor en esta obra, destruir el teatro o vivir en el teatro, porque consigue ambas cosas y sólo en hora y media.



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