lunes, 27 de marzo de 2017

Cartografía del dolor

¿Qué fue antes, el actor o el texto? Normalmente entendemos que es el texto, pero hay algunas excepciones, y hoy nos hemos encontrado una de ellas: Juan Mayorga, el dramaturgo que muchos querrían ser de mayores, se da un día un paseo por Varsovia e idea una obra cuya protagonista femenina se llama como la actriz ideal para ese papel: Blanca. Este fin de semana el Teatro Calderón nos ha vuelto a sorprender con otro estreno nacional, que en mi caso ha sido la crónica de un deleite anunciado, porque desde que vi el viernes al director y los actores en rueda de prensa, estaba deseando que llegara el sábado noche para ver El Cartógrafo, una obra en forma de mapa que no tendría sentido si Blanca Portillo no caminara por sus calles.

Anoche fui al teatro con mi amiga Pilar, que siempre me dice que debo ser más crítica en mis crónicas. Tiene razón, cuando salgo del teatro, soy más crítica que cuando horas después me pongo a escribir y mi memoria minimiza los defectos, a pequeña escala hago lo que El cartógrafo denuncia: olvido aquello que me hizo daño a la vista o que me desagradó. Lo hago por dos motivos: de las obras que no me gustan directamente no escribo y de las que me gustan, entiendo que el teatro es un trabajo coral, aunque haya un director, y es difícil que de un colectivo estés de acuerdo con todos. Así que anoche, cuando terminamos de recuperarnos del dolor de tanto aplauso, antes de que Pilar abriera la boca, le dije: me ha gustado todo.


Con José Luis y Blanca, después de un abrazo
Lo que vimos anoche fue una lección de vida, de historia, de arte dramático, de literatura y de honestidad, porque no creo que se pueda escribir ni representar ese texto sin ser plenamente conscientes de la fragilidad del alma humana y de lo poco que nos separa de la barbarie. Una buena historia, un texto aparentemente inmejorable y de repente cae en las manos de dos magos de la escena y ¡vaya si lo mejoran! Yo sé que iban de color rojo, pero yo ayer los vi descalzos y desnudos. Desde esa desnudez escenográfica, anoche seguimos a Blanca Portillo y a José Luis García Pérez por varias Varsovias diferentes, por varios planos temporales, en la recreación de hasta un total de doce personajes distintos. La capacidad de estos dos actores para cambiar de registro en cuestión de segundos no sólo facilitó la comprensión de los espectadores, sino que queda en mi personal mapa cognitivo como definición de interpretación con mayúsculas.

El cartógrafo se sustenta en la idea de que la estrategia psicológica que recurre al olvido para superar el horror es un error: es necesario procesar el dolor y, una vez superado, mantenerlo en el recuerdo para evitar en lo posible que regrese y aprender de las heridas cerradas. Mayorga propone en su obra una cartografía del dolor: no borrar del mapa esos fantasmas que todos tenemos en nuestra biografía, no dejarlos en calles estrechas y poco iluminadas pensando que así los podremos evitar, instalarlos en nuestros parques, en nuestras avenidas y aprender a convivir con su recuerdo, porque es la única forma de vencerlos. En psicología se llama desensibilización sistemática, con ella se entrena al paciente a afrontar sus estímulos temidos desligándolos de las asociaciones que tienen con experiencias negativas.

El gueto de Varsovia
Si alguien piensa que del horror del gueto no puede surgir nada hermoso, por favor, que vaya a ver El cartógrafo y descubrirá de paso muchas cosas más. La obra avanza a medida que el perímetro del gueto mengua y los personajes crecen con ella y evolucionan de forma inversa: Raúl y Blanca se alejan uno del otro, el cartógrafo y la niña se aproximan cada vez más. En un espacio escenográfico tan limpio que su director lo ha calificado de "ateniense" (lo que daría yo por verla en un teatro griego o romano...), José Luis y Blanca armados con buenas y dramáticas artes, nos conquistaron y nos hicieron olvidar el mundo más allá del escenario, de tal forma que, cuando yo sólo pensaba en levantarme y abrazarlos...se encendió la luz, y se pasó en un segundo del drama a la tragicomedia, porque los espectadores vimos que de repente se rompía la privacidad de nuestra burbuja personal de la butaca, ésa que en la oscuridad del teatro nos permite emocionarnos con la historia sin que el de al lado se entere de nada.

Las luces se apagaron y continuamos recorriendo un mapa que nos llevó a lugares y momentos muy alejados. A veces este mapa se tornaba hermosamente sonoro, un espacio sonoro en el que yo destacaría la aportación de Jasmina Petrovic. Otras veces el silencio exigía que el espectador completara la cartografía de la escena. "Nuestra casa está en el gueto", dice Blanca al principio de la obra, y es verdad que casi todos tenemos un gueto interior en el que nos gustaría encerrar los acontecimientos que han marcado trágicamente nuestras vidas. Derrumbar los muros de esos guetos es lo único que nos puede hacer conocernos mejor a nosotros mismos, dejar de ser espectadores de nuestras vidas y pasar a la acción. Ése fue el mensaje que yo recibí de un final que me encantó. Id a verla.

Blanca y José Luis con los pies congelados porque los aplausos no paraban


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