lunes, 24 de octubre de 2016

Un martes en el Barrio Latino de París

Cualquier día es bueno para ir a la ópera, pensaba el martes mientras me precipitaba en el párking con el tiempo justo, después de resolver todos los asuntos pendientes de un día entre semana. La realidad es que la lírica es un género minoritario y los martes un día poco agraciado de la semana, todo hay que decirlo, pero aun así, un centenar de personas aproximadamente disfrutamos de La Bohème este martes en el recién reinaugurado Teatro Carrión.

La Bohème cuenta una historia de amores desdichados en el Barrio Latino de París. Se divide en cuatro actos a lo largo de los cuales se intercalan distintos temas: el amor, la culpabilidad, la miseria y la poesía, creando con todos ellos una amalgama en la que los personajes se convierten en marionetas de un destino que acabará siendo fatal (no olvidemos que el Romanticismo estaba dando sus últimos coletazos cuando Puccini la escribió). A pesar de que los personajes son zarandeados por las circunstancias, es una obra difícil de interpretar, puesto que la acción incluye vivencias extremas y grandes cambios actitudinales reflejados en los diálogos, de forma que el espectador no es capaz de etiquetar a los protagonistas, lo que seguramente sería la intención de Puccini al escribirla.



Uno de los principales atractivos de la ópera para mí es poder escuchar música sinfónica en directo. La Bohème es una ópera instrumentalmente sencilla, por lo que no precisa de una orquesta numerosa, que en esta ocasión era la orquesta propia de la compañía, magníficamente dirigida por Martin Mázik De su mano recorrimos el Barrio Latino de París, nos reímos con la ingenuidad de los enamorados o nos indignamos con el trágico final. Esta pequeña orquesta acompañó en perfecta armonía la ejecución vocal, subrayándola cuando era preciso, sin llegar a ahogarla en los momentos cúlmines, fundida en la turbulencia de las arias.

Me ha gustado bastante esta versión de La Bohème, correcta en su sencillez escénica, ingeniosa en su escenografía cambiante pero siempre azul, como el París más triste de los posibles. También me ha gustado el coro de la compañía Ópera 2001, pequeño pero infalible, disciplinado, omnipresente cuando era necesario.  El atrezzo y el vestuario correctos, no ha faltado ningún detalle imprescindible para la comprensión de la historia, tampoco ha habido ostentación alguna. 


En contraste con esa modestia de la escenografía, hemos disfrutado de un elenco vocal exuberante, que nos ha hecho esperar impacientes durante los descansos entre actos. Héloïse Koempgen-Bramy ha sido una perfecta Mimí y una soprano infalible a pesar de las dificultades posturales que implica su personaje. Nos ha conquistado desde la famosa aria Si, mi chiamano Mimí del acto I. En ese mismo acto me ha sorprendido Giancarlo Tosi en el papel de Benoit y de Alcindoro en el segundo acto, dos personajes que destacan menos en este melodrama por su comicidad, que han sido maravillosamente interpretados por este bajo.

Para mí, el gran descubrimiento de la noche ha sido Paolo Ruggiero, barítono polifacético que representa a Marcello y cuyas intervenciones he disfrutado en cada acto, con especial mención al dueto con el tenor coprotagonista Eric Fennell en el papel de Rodolfo. Preciosa también la interacción con Francesca Bruni, una apasionada y sensible Musetta, en el último acto. 

Me ha gustado mucho el tratamiento de la ópera que tiene esta compañía, inspirada por un espíritu de divulgación y conservación al mismo tiempo. Gracias a empresas como Ópera 2001, la lírica se mantiene viva en nuestros escenarios a pesar de las barreras idiomáticas y temporales. Gracias a apuestas arriesgadas como la de hoy, de vez en cuando podemos pasar un martes en el Barrio Latino de París.


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